Antes, el traje de flamenca o gitana era la indumentaria de la mujer andaluza de clase baja y de las gitanas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que no era mas que una bata acompañada de volantes que usaban para la faena. Mas tarde, el traje de flamenca conjuga tradición e innovación, pues si bien conserva una estructura básica sustentada en un cuerpo entallado sobre el perfil de la cadera y una falda de volantes, sobre este armazón la creatividad fluye. A partir de los años noventa, tras una década de trajes barrocamente recargados de encajes y cintas de raso, el traje de flamenca, en un alarde de sencillez, se desvistió de adornos y caderas escondidas, sufriendo una metamorfosis de la que salió ligero y sensual. Telas sedosas, colores lisos y el lunar comenzaron a envolver a una mujer que luce todo su contorno bajando talle y volantes, ya fuera desnudando los brazos o con ellos cubiertos. Ya superado el segundo milenio, se vuelve la mirada atrás y se rescata el popelín sin renunciar al talle bajo, se parte el traje en dos piezas, y se agranda el lunar. Los vestidos se adornan con complementos. Esto nunca tiene una estructura fija, si un año se lleva la flor grande y baja junto al moño, al siguiente pequeña y alta; si un año se lleva el pendiente de aro, al siguiente de pera; si un año se lleva el mantoncillo de flores pintadas, al siguiente de tela estampada.

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