ROCÍO
¿Qué es y qué significado tiene el rocío en la Biblia?
En el lenguaje bíblico el rocío es símbolo de las bendiciones de Dios.
El rocío es también en el lenguaje bíblico símbolo representativo de la acción
creadora y vivificante de Dios, atribuida al Espíritu Santo.
La situación geográfica de Palestina, su relieve, su clima muy seco, explican
esa estimación que el pueblo de Israel sintió siempre, hasta en nuestros días,
por el agua, por las corrientes de las aguas, por la lluvia; explican también
la importancia del rocío en la vida agrícola palestinense, tal como se refleja
en la Biblia.
Nadie como el pueblo hebreo añoró con tan bella ilusión el campo fecundado por
la corriente de las aguas. Los vientos dominantes que rigen el clima de
Palestina, eran, como hoy, los que la Biblia llama del Negheb, que los
actuales árabes palestinenses llamaban Hamsín, abrasador y sofocante, mustia
las plantas y lo cubre todo de un fino polvillo del desierto, acentuando así
la impresión de aridez.
El viento del Mijan, de poniente, del mar, trae siempre la nube, la lluvia, el
rocío refrescante y fecundador. Durante las noches, excepto cuando sopla el
Negheb, el viento del mar, cargado de humedad, produce en la fría madrugada
rocío tan abundante como una mansa y fina lluvia. Fácilmente comprenderemos la
gran estimación que del rocío hacían los hebreos.
Pueblo de tan alto sentido religioso y poético como el hebreo, desde muy
antiguo hizo del rocío símbolo de fecundidad y bendición:
La valoración significante del rocío como símbolo de bendición y fecundidad
siguió una línea evolutiva, desde la simple fecundidad física de la tierra,
hasta alcanzar el más alto sentido de fecundidad sobrenatural y espiritual.
Ápice de la elevada significación sobrenatural del rocío en la Biblia es el
vaticinio de Isaías:
Cielos, enviad rocío de lo alto,
y las nubes lluevan al justo:
ábrase la tierra y brote el Salvador
(Isaías, 45, 8)
La Santa Iglesia nos recuerda muy apropiadamente ese mismo poder fecundante
sobrenatural del rocío del Espíritu Santo en la postcomunión de la misa del
domingo de Pentecostés "Sancti Spiritus, Domine, corda nostra mundet infusio:
et sui roris intima aspersione foecundet". (Oh Señor, que la infusión del
Espíritu Santo purifique y limpie nuestros corazones, y, penetrándolos hasta
lo íntimo con su divino rocío, los haga fecundos).
A muy grandes rasgos hemos expuesto lo que el rocío es y significa como
símbolo religioso de fecundidad en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y en
la liturgia de la Iglesia.
El pueblo almonteño, con fino y vivo sentido de fe, cambió, el nombre a Santa
María de las Rocinas y la llamó y nombró desde 1653 del ROCIO, con evidente e
intencionada alusión al místico rocío del Espíritu Santo, dador de vida y
dentro de los cambios interiores y de espiritualidad que por entonces se
vivían en la Iglesia. Y su fiesta, para completar la religiosa intención, se
estableció en la pascua de Pentecostés, en lugar de la anterior del 8 de
Septiembre, Natividad de Maria.

Grabado más
antíguo conservado de la Virgen (1720-22)
Con este título y nombre del Rocío y celebrada en Pentecostés, queda
perfectamente delineada la figura de María en el contexto general de la
historia de la salvación, y situada en el centro mismo de la vida y de la
fecundidad sobrenatural de la Iglesia; María y la Iglesia, encontradas en ese
lugar que es la fecundidad para la vida cristiana, parecen haber hallado su
expresión más perfecta en la devoción rociera.
Todos estos profundos y sutiles conceptos teológicos tienen su expresión
plástica, iconográfica, en la imagen de María Santísima del Rocío.
Intentemos hacer, en palabras de Juan Infante-Galán y sintetizando lo más
posible, el estudio iconográfico de la imagen de la Virgen del Rocío.
"Imagínate ante ella; recuérdala con toda su imponente y humilde majestad,
toda vestida de oro. Inscrita en la grandiosa y dorada mandorla, pero con
libre y sencilla elegancia, adopta esa hierática actitud oferente del Hijo; la
imagen de la Virgen del Rocío no representa, no ofrece a nuestra contemplación
un suceder, un ocurrir histórico, en el tiempo; no se mueve ni ejecuta acción
alguna, simplemente, está, permanece, con toda la palpitante inmovilidad de lo
eterno.
Su acusada frontalidad, la rígida forma triangular envolvente de toda
la figura, el oro que la viste y rodea con su fulgor, su vivo hieratismo, dan
a la imagen de la Virgen del Rocío un intenso y supremo valor sacral y
religioso, que la iguala y aun la sobrepone a las más perfectas creaciones de
la iconografía sacra del Oriente cristiano.
El Niño está en el centro de la figura y sobre el vientre de María, expresando
así con múltiples sugerencias el carácter cristocéntrico de la persona de la
Madre. Este Niño, coronado, con mundo y cetro, entronizado en las manos y
sobre el vientre de la Madre, como Pantocrátor, según la concepción paulina,
acentúa el carácter soteriológico de la Divina Maternidad de María.
La imagen
de la Virgen del Rocío es una interpretación no realista, sino abstracta,
teológica, de la persona de María en la plenitud de su función maternal:
respecto de Cristo-Salvador-Cabeza del Cuerpo Místico, y, consecuentemente,
respecto de los cristianos, de la Iglesia, de los hombres.
La misma actitud
hierática de la Virgen, su rostro pleno de vida interior, en concentrada
contemplación del Hijo; sus bellos ojos redondos, de paloma, contemplan con
toda la redondez de su mirada sólo al Hijo, y, a través de El, todas las cosas
recapituladas en el Cristo. Su rostro hermosísimo, nos refleja un denso,
profundo y luminoso pensar interior, consciente de su humilde y sublime
dignidad. María, contemplativa; María, orante, con oración latréutica; María,
Iglesia, intercedente por la Iglesia"
......
"¿Has parado alguna vez tu atención en esas rosas que, del hombro al filo de la
saya, rodean por ambos costados a la Virgen?
No son simplemente decorativas, sino expresión plástica de aquello que musita
la esposa del Cantar, descaecida de amor: "Fortalecedme con flores y
aprestadme con manzanas, porque desflaquecída estoy de amor" .
PASTORA DE LAS MARISMAS
Comenzó el pueblo almonteño a llamarla así por el traje de pastora que viste
en sus venidas al pueblo; en el lenguaje coloquial almonteño, cuando se habla
de la venida de la Virgen, se la suele nombrar La Pastora, sin más. Luego
cundió el decir, y el bello apelativo se completó y convirtió en Pastora de
las Marismas, nombre bien dicho y traído, y mejor aplicado a la Virgen del
Rocío, por la tradición pastoril de la misma marisma almonteña. Y el Niño de
la Virgen vino de este modo a ser llamado Pastorcito del Rocío.
Después de todo lo de antes dicho, no es necesario razonar con citas el
fundamento bíblico de este nombre aplicado concretamente a la Virgen del
Rocío, nombre que, por otra parte, como dicho de la Virgen, es de muy antigua
tradición religiosa y literaria. Gonzalo de Berceo ya apellidaba así a la
Virgen:
Ésta es buena tienda, ésta buena pastora,
que vale a todo hombre que de buen cuor la ora.
Y hasta el Santo Maestro Juan de Ávila, más de una vez llama en sus sermones,
pastora a la Virgen:
"Y pues aquí somos venidos para ser apacentados con la palabra de Dios, y la
Virgen sin mancilla es nuestra pastora después de Dios, supliquémosle que nos
apaciente, alcanzándonos gracia."
Bien dicho está, pues, este nombre que por tantas razones tan perfectamente le
cuadra a la Virgen del Rocío, Pastora de las Marismas.
BLANCA PALOMA
El pueblo almonteño, fuertemente agarrado a su tradición, acostumbra aclamar a
la Virgen con ese nombre que sus antepasados dirigían al Espíritu Santo: ¡Viva
esa Blanca Paloma!
Esa blanca paloma era el Espíritu Santo, que desde que le
fue cambiado el nombre a la Virgen, se puso en el camarín, sobre la cabeza de
la Señora, y en el techo del palio, y hasta bordado en el centro de su manto.
Al Espíritu Santo, pues, se dirigían esas aclamaciones. Borrado del
conocimiento del pueblo, con el correr de los tiempos y la general incultura
religiosa, el profundo contenido teológico y de espiritualidad de la devoción
rociera, el ¡Viva esa Blanca Paloma! fue entendido por todos, los de casa y
los de fuera, como dicho por y para la Virgen.
En el lenguaje bíblico, la paloma no es sólo figura y símbolo del Espíritu
Santo, sino que significa y representa también al pueblo de Israel, al pueblo
de Dios, a la comunidad perfecta de la gracia mesiánica, a la Iglesia.
La paloma, símbolo del Espíritu Santo y de la Iglesia –de María también como
tipo y figura de la Iglesia-, viene a ser en la devoción rociera signo de la
vinculación del estrecho nudo que existe entre el Espíritu Santo, María y la
Iglesia. A la Virgen del Rocío le viene propia y exactamente dado ese bello
piropo bíblico de Blanca Paloma.